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Fantástico artículo! cada vez más convencida y feliz de haber elegido una escuela libre para mis hijos.

MUCHAS GRACIAS !!!

Este artículo es un resumen, el original puede leer aqui

Webpage: http://estonoesunaescuela.org/

La educación que conocemos parece compartir el mismo sesgo: borra del mapa todo aquello que es vital para el hemisferio derecho, y choca de frente con la vivencia que las niñas y niños tienen del mundo. ¿Es esto lo que ocurre cuando la escuela relega la educación artística, la música, el teatro o la danza?, ¿cuando obligamos a los estudiantes a pasar horas sentados en pupitres?, ¿cuando nos empeñamos en medir, clasificar y controlar su aprendizaje como si, más que tratar con personas pequeñas, estuviéramos sometiendo un producto potencialmente defectuoso al prescriptivo control de calidad?

 

1. Lo que aprendes no tiene nada que ver con lo que sientes

Nuestra racionalidad, que la ciencia desde sus orígenes ha tenido en tan alta estima, se construye sobre las emociones y no puede existir sin ellas. – Sue Gerhardt: “El amor maternal”

Si hay algún momento de la vida de un ser humano en que sea especialmente importante no perder contacto con las propias emociones, aprender a expresarlas en nuestra relación con otras personas, es la infancia. Y ¿adivinas qué hemisferio tiene un papel crucial en ello? Pues sí, el hemisferio derecho, que ha de madurar antes precisamente por el papel crucial que las emociones tienen en nuestra supervivencia.

El hemisferio izquierdo, en cambio, tiende a cosificar a las personas, a privarlas de emoción y de vida. Podría decirse que a este sistema educativo concebido esencialmente por el lado izquierdo de nuestro cerebro le importa bien poco lo que sienten los niños y niñas, porque está obsesionado con medir cosas, y en justificar estas mediciones artificiales en aras de una supuesta “utilidad”.

En ausencia del hemisferio derecho, al hemisferio izquierdo no le preocupan en lo más mínimo los demás ni sus sentimientos. –  Iain McGilchrisleer más
2. El aprendizaje se puede medir

¿De verdad creemos que el aprendizaje mejora porque lo medimos, porque ponemos notas y hacemos juicios constantes de las niñas y niños, de su conducta y su “capacidad productiva”? ¿Por qué tanto énfasis en los rankings, las evaluaciones, los exámenes y las puntuaciones? El sistema educativo confunde lo más elemental cuando manipula algo tan transformador y apasionante como el placer de aprender y lo desvirtúa hasta convertirlo en miedo (a suspender) o ambición (de ganar). Esta obsesión por medir obedece simplemente a la necesidad de control del hemisferio izquierdo, camuflada de objetividad y distanciamiento.

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3. La competitividad promueve el aprendizaje

La autoestima de los estudiantes que se esfuerzan por destacar es mucho más vulnerable de lo que parece, porque está asociada a sus logros académicos. Cuando fracasan, sienten que han dejado de merecer eso que verdaderamente ansiaban conseguir: cariño.

El hemisferio izquierdo es competitivo, y su objetivo, su principal motivación, conseguir poder.

— Iain McGilchrist

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4. Hay que aprender a sumar, a restar… pero, sobre todo, ¡a dividir!

La escuela misma, como institución educativa por excelencia, se sitúa al margen del resto de la sociedad, separada por muros y paredes de esos otros lugares donde el aprendizaje ocurre espontáneamente (por ejemplo la calle, hasta hace pocas décadas, cuando las niñas y niños aún jugaban libremente).

Estas divisiones y categorizaciones, aplicadas a las personas, contribuyen a instaurar una serie de roles, roles que por sí solos sirven para otorgar o negar autoridad, para dejar claro quién ha de obedecer a quién. Contribuyen a que en vez de personas veamos “cargos”, “funciones”, “números”. Contribuyen a que perdamos la confianza en los demás, esa confianza que tan imprescindible es para el aprendizaje, para asumir voluntariamente la propia responsabilidad sin necesidad de coacciones.

Y es que el hemisferio izquierdo siente predilección por clasificar, dividir, fragmentar y cosificar:

…de acuerdo con la apreciación que el hemisferio izquierdo hace de la realidad, los individuos son simplemente partes intercambiables (“iguales”) de un sistema mecánico, un sistema que es necesario controlar en aras de la eficiencia.

— Iain McGilchrist

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5. Para aprender hay que ir a clase

Está tan arraigada la idea de que el aprendizaje tiene lugar sólo en el aula, y de que la naturaleza sirve poco más que para darse un paseo (y sólo si hace bueno), que pensar en que las niñas y niños pasen la mayor parte de las horas al aire libre, sin juguetes ni otros materiales fabricados, nos descoloca. 

Nuestro hemisferio izquierdo ve la naturaleza como algo a utilizar y controlar, como una colección de materias primas, pero sin conexión emocional con la vida humana. Prefiere la regularidad y la seguridad de un entorno conocido, el aula, previsible y que no cambia.

La escuela nos encierra, nos desconecta del mundo real, del contexto, y nos muestra una representación artificial de la realidad mediante asignaturas aparentemente desvinculadas que se convierten en abstracciones muertas. 

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6. Para aprender hay que sentarse

Recientemente veíamos la noticia de que algunos centros educativos, animados por las investigaciones que afirman que el ejercicio físico mejora el rendimiento escolar, están empezando a utilizar pupitres con pedales incorporados. También leíamos esta entrevista al psicólogo Amador Cernuda, en la que se plantea que lo que necesitan los niños y niñas diagnosticados de hiperactividad no es medicación sino libertad de movimiento.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

…nos hemos vuelto más cerebrales, nos hemos apartado cada vez más de los sentidos –especialmente del olfato, el tacto y el gusto– como si nos repugnara nuestro cuerpo; y la vista, el más frío de los sentidos, y el más capaz de distanciamiento, ha llegado a dominar todo.

— Iain McGilchrist

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7. Para aprender hay que atender

Como decía A.S. Neill,

Podemos forzar a alguien a prestar atención, pero no podemos forzar a alguien a sentir interés”.

Tenemos una escuela que induce pasividad, que prima la memorización frente al descubrimiento y la exploración, en la que no hay tiempo para preguntarse por qué sino simplemente para aceptar la versión oficial. Es evidente que esto ayuda a “fabricar” personas con menos capacidad crítica, más conformistas e (inconscientemente) obedientes.

Cuando hacemos algo por iniciativa propia, en lugar de seguir las instrucciones de otra persona, la actividad cerebral se concentra principalmente en el hemisferio derecho. Y esa es también la parte del cerebro a la que suelen asociarse la independencia y la motivación (curiosamente, dos elementos clave en el aprendizaje); la pasividad, por el contrario, está más relacionada con el hemisferio izquierdo, que tiene tendencia a entrar en un bucle, a repetir patrones conocidos, y a despreciar la experiencia (que es única e imprevisible) frente a la teoría (que adopta un aspecto de racionalidad incuestionable).

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8. Una cosa es jugar y otra es aprender

El juego libre es la forma más importante en que aprenden las niñas y niños. Pero no puede ser pautado, ni organizado, ni dirigido, porque su valor reside precisamente en esa libertad que da alas al instinto de aprender. El juego del que extraemos más beneficios es ese que jugamos por el mero placer de jugar, sin otra meta, sin otra ambición más que estar presentes en ese momento casi extático y que nos absorbe por completo. Nuestra sociedad (y nuestra escuela) brindan pocas o ninguna oportunidad para que los niños y niñas inventen sus propios juegos, alejados de la mirada de un adulto, sin la presión de competir o de “aprender” de forma sistematizada.

En último término, la música es la comunicación de una emoción, la forma más fundamental de comunicación, la que antes se produjo y se produce, filogenéticamente así como ontogénicamente.

— Iain McGilchrist

El hemisferio izquierdo entiende muy poco de música. De hecho, uno de los trastornos que pueden surgir a raíz de una lesión en el lado derecho del cerebro es la “amusia”, la incapacidad para apreciar las tonalidades musicales y de fluir emocionalmente con ellas.

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9. Hay un momento para aprender… y es cuando lo dice el Currículum

La enseñanza se convierte en una tensión estresante de donde es muy difícil que florezca un auténtico saber. Porque éste solo brota de la reflexión pausada, del disfrute del tiempo y de la serenidad, de las muchas horas de debate, tareas y lecturas en solitario y compartidas

— Juan Torres López

Cada día en la escuela de la educación tóxica se parece al anterior: las mismas aulas, los mismos timbres, los mismos compañeros y compañeras, los mismos profes, la misma luz (artificial), las mismas asignaturas (obligatorias), las mismas sillas y mesas, los mismos libros de texto, los mismos pasillos estrechos, los mismos patios de cemento, las mismas ventanas con barrotes… Se diría que la curiosidad es irrelevante para el sistema educativo; en realidad, más que irrelevante, es un estorbo, algo que no podemos sacar súbitamente de un sombrero de copa cuando suena el timbre, algo que no se puede prever y que cada persona experimenta de manera diferente. Así pues, habiendo abolido la curiosidad, el hemisferio izquierdo decreta que se debe pautar y planificar el aprendizaje, someterlo a una austera dieta de datos y a una estricta disciplina. Y qué mejor manera de hacerlo que enfajándonos con el currículum, las asignaturas y los exámenes.

En las escuelas, el aprendizaje está dirigido por los adultos, no por los niños y niñas. En las escuelas se considera que el aprendizaje ha de ser secuencial, que debe producirse siguiendo caminos establecidos: debes aprender A antes de aprender B.

— Peter Gray: “Aprender en libertad”

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10. Lo que cuenta es la nota

En nuestro sistema educativo las notas y la certificación son las dos patas de una mesa que se tambalea, porque las titulaciones han dejado de garantizar un empleo, y los expedientes brillantes tienen un coste emocional que no podemos seguir soslayando. La escuela, como la sociedad postindustrial, no está orientada a los procesos (que requieren tiempo y atención individualizada) sino a los resultados (que se consideran mejores cuanto más rápido se alcanzan), y justifica los medios al uso para alcanzar ese fin: asistencia obligatoria, currículum, exámenes, estandarización…

Cada vez más estamos sustituyendo en nuestra vidas la pasión por la “capacitación”, con resultados que están a la vista: hacer que la educación gire en torno a la obtención de un título basado en calificaciones está robando a los niños y jóvenes la ilusión de aprender, y a los docentes, la motivación para enseñar. 

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